Hay día que debo respirar muy hondo y contar hasta un millón por lo menos para no explotar ante la estupidez de la gente, de la gran mayoría para ser justos ya que hay pequeñas excepciones. Tal vez tengo mucha mala suerte al encontrármelos a diario o quizá ni siquiera haya forma de evitarlos a todos. Estoy seguro que esas personas, si se las coloca en un extremo de un largo pasillo interrumpido con puertas que digan con letras claras “tire” o “empuje” según corresponda, se morirían de hambre antes de cruzar la décima.
Estos seres están en todos los estratos de la sociedad, dispersos en los cargos menos relevantes o más encumbrados, son perezosos mentales que se complacen mirando desde sus vacías cuencas esa pantalla que les dice que hacer y, valga la paradoja, en que pensar cada día de sus vidas. Quizá ese es el futuro que nos espera y debamos acostumbrarnos a más puertas inteligentes donde ya no sea necesaria la odisea intelectual de distinguir entre tire y empuje.
Estos seres están en todos los estratos de la sociedad, dispersos en los cargos menos relevantes o más encumbrados, son perezosos mentales que se complacen mirando desde sus vacías cuencas esa pantalla que les dice que hacer y, valga la paradoja, en que pensar cada día de sus vidas. Quizá ese es el futuro que nos espera y debamos acostumbrarnos a más puertas inteligentes donde ya no sea necesaria la odisea intelectual de distinguir entre tire y empuje.
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