Algunas personas reguardan su salud mental en una cadena de mentiras de las que tienen que convencerse para mantener cierto equilibrio. Algunos siguen así, agregando autoengaños y falsedades en el camino hasta que los encuentra la muerte. Otros, un día sienten la necesidad de romper toda esa estructura para ver la verdad y se rebelan aun sabiendo que lo que se encuentren puede no ser agradable, pero que es el único camino hacia la plena libertad del espíritu.
martes, 31 de marzo de 2015
viernes, 20 de marzo de 2015
Anestesiados
La tele está ahí, no importa que no tengas una, vas a la pizzería y hay una con las noticias o fútbol que se te importe mientras esperás la pizza, te sentás en un restaurante y hay varias puestas de tal forma que no puedas evitarlas. Antes, cuando miraba un rato las noticias, los chismeríos de la gente o lo que sea me enoja pensando "No puedo creer que...", hasta que me di cuenta que en realidad sí lo podía creer y dejé de enojarme. Ahora simplemente me entristece. ¿En algún momento dejará de entristecerme y ser volverá simple apatía? El solo hecho de pensarlo me pone mal. ¿Estarán todos ya tan anestesiados que todo parece normal?
Guerras inadecuadas
Me entristece ver la gente peleando las guerras inadecuadas, esas que no eligieron pelear sino que les fueron impuestas a partir de argumentos ajenos. Me gusta esa gente que usa su energía en pelear las batallas propias, esas que eligieron desde su más intimo ser sin preguntarle a nadie.
domingo, 1 de marzo de 2015
1024
El despertador sonó a las 7 y 47 minutos como todos los días. La hora no era un capricho, le había tomado mucho encontrar el tiempo exacto que necesitaba para levantarse, alistarse y tomar una tasa de café antes de salir de su casa a las 8 y 14 que era la hora conveniente para llegar a la parada del colectivo para ir a trabajar. Le gustaba cruzar la calle e ir por la vereda de enfrente pues tenía baldosas grandes que se ajustaban a la longitud de sus pasos a un marcha normal, 56 baldosas de largo y 4 de ancho, 224 exactamente menos las 4 que no estaban pues allí había un árbol, lo que hacían un total de 220, que es la tensión de línea y esto era perfecto pues al final de la vereda estaba el medidor de luz de la casa, cerrando una hermosa sensación en su interior. Por eso siempre lo acariciaba brevemente con el último paso. La vereda que seguía era menos satisfactoria así que trataba de no pensar en ella. Una cuadra más y llegaba a la parada del colectivo.
El caño que sostenía el cartel con el número de la línea estaba un poco suelto y se inclinaba levemente hacia adelante por eso procuraba recostarse contra él para enderezarlo mientras esperaba. Como si no importase, pero era importante para él. Algunas veces había otra persona en la parada y no podía recostarse para enderezarlo y el tiempo se le pasaba más lento. Miró la hora, eran las 8:18 y eso lo puso bien porque a veces era un minuto más o uno menos y no podía dejar de pensar en eso por un buen rato, pero hoy no, hoy era un buen día.
El colectivo no llegaba siempre a la misma hora, era una lástima, por eso tuvo que recordar recordar durante muchos meses los horarios de llegada para estimar la hora correcta a la que poner su despertador. La mayoría de las veces llegaba entre las 8:25 y 8:30, pero aun recuerda con angustia la vez que llegó 8:39, pero hoy no, hoy llegó 8:28, era un buen día.
El colectivo lo dejaba a algo más de dos cuadras de su trabajo. Al bajarse del colectivo miró la hora y luego ajustó la velocidad de su paso para llegar a la hora exacta. Las veredas de la última media cuadra eran de baldosas pequeñas, de esas donde un paso normal abarca cuatro, un paso apurado cinco y un paso relajado tres, y de acuerdo a la hora en que se había bajado del colectivo sabía como caminar, y contar las baldosas, del ultimo tramo. Justo antes de entrar volvió a mirar la hora, nueve en punto. Sonrió para adentro y miró la numeración del edificio.
Siempre le gustó que su trabajo quedase al 421 pues a él le gustaban las potencias de 2 y los número primos, y el número estaba formado por las tres primeras potencias de dos, siendo además un número primo y, como extra, la suma de sus dígitos también lo era.
Su cubículo era impecable, sin fotos ni adornos todo lo que necesitaba estaba perfectamente ordenado en sus cajones. El escritorio de su computadora estaba igual de despejado y todos los programas que necesitaba se abrían al encenderla. La silla estaba siempre regulada a la altura ideal. Nada de esto era casual. Su trabajo era básicamente administrativo, no tenía que tratar con gente en persona ni por teléfono, solo por correo electrónico. Se consideraba eficiente y lo era, había creado varios programas que le facilitaban sus tareas y nunca se atrasaba con nada. Para mucha gente sería un trabajo aburrido pero para él no lo era, lo encontraba estimulante ya que ponía en orden mucha información o investigaba la forma de crear programas que lo hagan.
A las 13:00 puntualmente iba a comer y a las 13:30 puntualmente volvía a su escritorio. La empresa le daba una hora para el almuerzo pero no lo necesitaba y no sentía ningún placer el perder media hora más solo porque podía. Las conversaciones de oficina no lo entretenían, no les encontraba sentido. Entre sus compañeros las conversaciones giraban en torno al aspecto de alguna de sus compañeras de trabajo, programas de televisión que no conocía, partidos de fútbol o logros económicos como comprar tal o cual cosa y en el trasfondo de todas ellas podía leer una competencia de niveles de testosterona que no compartía y lo aburría.
Once minutos antes de las seis de la tarde empezaba a cerrar todos los programas, respondía los últimos correos y guardaba todo para irse y salir por la puerta del trabajo exactamente a las seis de la tarde.
Sabe que volver a su casa a la hora que todo el mundo vuelve es una mala idea, los colectivos están llenos, las personas de mal humor y el tránsito muy visceral. Por eso, se va al bar de siempre y se pide una cerveza, habría tiempo de volver a casa más tranquilo más tarde. Le dieron un vaso de los que él quiere, de esos que tienen impresa la marca de una cerveza. Alguna vez le dieron otro, pero lo cambió. Según sus cálculos, los vasos de ese bar tienen unos 330 mililitros, pues tres llenos hasta el borde aun dejan algo de cerveza en la botella de un litro, pero descubrió que si lo llena hasta justo encima del dibujo de la marca son 250 mililitros, por lo tanto, la cerveza alcanza para cuatro vasos exactos, que también es una potencia de dos.
Después de la tercer cerveza vino la cuarta, una potencia de dos, lo que hacía 16 vasos exactos, otra potencia de dos. Pero ya no pensaba en nada de eso. Caminó hasta la parada del colectivo sin contar las baldosas, pensando en cosas vagas. Incluso, mientras esperaba el verde para cruzar la calle, un taxi con el número 314 estaba cerca y no pensó en el número pi, ni en Euler ni en la imposible cuadratura del círculo y se fue a su casa a escribir un relato de 1024 palabras.
El caño que sostenía el cartel con el número de la línea estaba un poco suelto y se inclinaba levemente hacia adelante por eso procuraba recostarse contra él para enderezarlo mientras esperaba. Como si no importase, pero era importante para él. Algunas veces había otra persona en la parada y no podía recostarse para enderezarlo y el tiempo se le pasaba más lento. Miró la hora, eran las 8:18 y eso lo puso bien porque a veces era un minuto más o uno menos y no podía dejar de pensar en eso por un buen rato, pero hoy no, hoy era un buen día.
El colectivo no llegaba siempre a la misma hora, era una lástima, por eso tuvo que recordar recordar durante muchos meses los horarios de llegada para estimar la hora correcta a la que poner su despertador. La mayoría de las veces llegaba entre las 8:25 y 8:30, pero aun recuerda con angustia la vez que llegó 8:39, pero hoy no, hoy llegó 8:28, era un buen día.
El colectivo lo dejaba a algo más de dos cuadras de su trabajo. Al bajarse del colectivo miró la hora y luego ajustó la velocidad de su paso para llegar a la hora exacta. Las veredas de la última media cuadra eran de baldosas pequeñas, de esas donde un paso normal abarca cuatro, un paso apurado cinco y un paso relajado tres, y de acuerdo a la hora en que se había bajado del colectivo sabía como caminar, y contar las baldosas, del ultimo tramo. Justo antes de entrar volvió a mirar la hora, nueve en punto. Sonrió para adentro y miró la numeración del edificio.
Siempre le gustó que su trabajo quedase al 421 pues a él le gustaban las potencias de 2 y los número primos, y el número estaba formado por las tres primeras potencias de dos, siendo además un número primo y, como extra, la suma de sus dígitos también lo era.
Su cubículo era impecable, sin fotos ni adornos todo lo que necesitaba estaba perfectamente ordenado en sus cajones. El escritorio de su computadora estaba igual de despejado y todos los programas que necesitaba se abrían al encenderla. La silla estaba siempre regulada a la altura ideal. Nada de esto era casual. Su trabajo era básicamente administrativo, no tenía que tratar con gente en persona ni por teléfono, solo por correo electrónico. Se consideraba eficiente y lo era, había creado varios programas que le facilitaban sus tareas y nunca se atrasaba con nada. Para mucha gente sería un trabajo aburrido pero para él no lo era, lo encontraba estimulante ya que ponía en orden mucha información o investigaba la forma de crear programas que lo hagan.
A las 13:00 puntualmente iba a comer y a las 13:30 puntualmente volvía a su escritorio. La empresa le daba una hora para el almuerzo pero no lo necesitaba y no sentía ningún placer el perder media hora más solo porque podía. Las conversaciones de oficina no lo entretenían, no les encontraba sentido. Entre sus compañeros las conversaciones giraban en torno al aspecto de alguna de sus compañeras de trabajo, programas de televisión que no conocía, partidos de fútbol o logros económicos como comprar tal o cual cosa y en el trasfondo de todas ellas podía leer una competencia de niveles de testosterona que no compartía y lo aburría.
Once minutos antes de las seis de la tarde empezaba a cerrar todos los programas, respondía los últimos correos y guardaba todo para irse y salir por la puerta del trabajo exactamente a las seis de la tarde.
Sabe que volver a su casa a la hora que todo el mundo vuelve es una mala idea, los colectivos están llenos, las personas de mal humor y el tránsito muy visceral. Por eso, se va al bar de siempre y se pide una cerveza, habría tiempo de volver a casa más tranquilo más tarde. Le dieron un vaso de los que él quiere, de esos que tienen impresa la marca de una cerveza. Alguna vez le dieron otro, pero lo cambió. Según sus cálculos, los vasos de ese bar tienen unos 330 mililitros, pues tres llenos hasta el borde aun dejan algo de cerveza en la botella de un litro, pero descubrió que si lo llena hasta justo encima del dibujo de la marca son 250 mililitros, por lo tanto, la cerveza alcanza para cuatro vasos exactos, que también es una potencia de dos.
Después de la tercer cerveza vino la cuarta, una potencia de dos, lo que hacía 16 vasos exactos, otra potencia de dos. Pero ya no pensaba en nada de eso. Caminó hasta la parada del colectivo sin contar las baldosas, pensando en cosas vagas. Incluso, mientras esperaba el verde para cruzar la calle, un taxi con el número 314 estaba cerca y no pensó en el número pi, ni en Euler ni en la imposible cuadratura del círculo y se fue a su casa a escribir un relato de 1024 palabras.
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