Las excusas están al alcance de la mano y acuden a nosotros con la velocidad del miedo a lo nuevo. Cualquier día es un buen día para comenzar un cambio, puede ser el primer día del año o de un mes, un lunes cualquiera o el día de nuestro cumpleaños. Pero en realidad no hace falta que sea un día especial ya que podemos convertir el día que elijamos en especial si decidimos empezar algo nuevo. Pero no lo hacemos.
En la física, la inercia se define como la característica que tiene un cuerpo a permanecer en el mismo estado de reposo o movimiento monótono si no hay una fuerza externa que lo modifique. La costumbre es a nosotros lo que es la inercia para los objetos inanimados en la física, pues nos mantiene en un mismo estado rutinario día tras día, año tras año, hasta que alguna fuerza externa nos obliga a cambiar.
Lo malo de estos cambios a los que nos vemos obligados por circunstancias o fuerzas externas es que no estamos preparados para ellos y nos sacan de una situación de equilibrio cómodo, y empezamos a estar a la deriva intentando desesperadamente obtener un nuevo equilibrio. En ese momento estamos en una crisis que no es más ni menos que eso, una situación inestable generada por un cambio no previsto.
Lo bueno de una crisis es que nos llevará a un nuevo equilibrio, a una nueva situación inercial, que puede ser mejor que la anterior. Seguramente haz escuchado muchas historias inspiradoras de personas que luego de una crisis en su vida, sea una experiencia cercana a la muerte, una decepción amorosa, la muerte de un ser querido, o algo similar, han llegado a tener una vida distinta y mejor.
Esto no es siempre así, es más, casi nunca es así, las historias que terminan bien son las excepción que salen en las revistas. Es por eso que hemos evolucionado en seres que buscan situaciones estables, rutinarias, en definitiva, hemos evolucionado a favor de la inercia.
No quiere decir que debamos someternos a la inercia o esperar a que el mundo nos empuje a cambiar pues a diferencia de los objetos inanimados de la física, tenemos voluntad. Así que no necesitamos que una fuerza externa nos impulse u obligue a un cambio significativo, podemos hacerlo por nuestra cuenta.
Estos cambios son los que debemos impulsar para cambiar la dirección en la que vamos y apuntar hacia donde queremos ir. Siempre habrá cambios inesperados, sin dudas, pero también habrá cambios esperados de los cuales podemos ser los protagonistas. Es como estar en el mar, uno puede elegir ser llevado por las olas o planear un rumbo a pesar de ellas. Podemos romper la inercia con nuestra voluntad y navegar estando atentos a las crisis sin resignarnos a ser una balsa a la deriva, cuando podemos ser una nave con las velas desplegadas hacia nuestro futuro.