viernes, 9 de septiembre de 2016

Feliz o triste

La vida es una fatalidad. Si te parece fuerte esa palabra deberías buscar un diccionario. Nadie pidió nacer, nadie pidió vivir pero acá estamos, viviendo. Vivir es una de las dos fatalidades que vamos a experimentar, la otra es morir. La forma de sobrellevar las consecuencias de la primera es no pensar mucho en la segunda.
Cuando era niño deseé más de una vez irme de mi casa, no era un chiste, los niños son mucho más serios que los adultos porque para ellos todo es real y la metáfora no existe. Para un niño las cosas pasaban. Pueden ser buenas o malas, pero para un niño las cosas simplemente son. Cuando dicen que un niño no tiene maldad se olvidan de decir que tampoco tiene bondad. Lo bueno y lo malo son etiquetas de los adultos y ni los adultos estamos todos de acuerdo en ese tema. Las cosas eran, sucedían, nada más.
Pero uno no se queda niño, crece. Cuando uno empieza su embrionaria vida de adulto siendo un adolescente deja atrás lo que es y empieza a pensar en lo que debería ser. Y en ese momento descubre que lo que debería ser no es y que ya no puede hacer berrinches para que las cosas sean como deben ser. Entonces tiene que enfrentarse a la realidad. Las formas de hacerlo son tantas y tan diversas pero todas son las adecuadas para esa persona tratando de conectar el pasado con el presente, lo que creía saber con la experiencia cotidiana.
Es muy difícil por muchos motivos, es uno de los mayores retos en la vida y por suerte, casi todos lo superan, así como superaron la infancia, porque el tiempo no deja de pasar y la vida no se queda quieta. La vida son todas las experiencias que hemos atravesado y que nos afectaron, poco, mucho o algo. El tiempo puede pasar sin vida pero la vida no puede pasar sin tiempo.
Luego de tantos conflictos y de una vida adulta razonable, volvemos a pensar en las fatalidades, porque el paso del tiempo es inevitable.
Nos damos cuenta que estamos caminando hacia la segunda fatalidad y nos pesa. Evitamos pensar en que todos vamos a morir, que cada día estamos más cerca de eso y que no podemos evitarlo. Peor aun, evitamos pensar en que todas la personas que queremos tienen el mismo destino o sufrirán nuestra partida.
Sí, cada tanto vas a pensar en esto, cuando se mueran tus abuelos, tus padres, tus conocidos, tus hermanos o tus amigos. Esto va a pasar.
Ahora, hoy, podemos elegir pensar en lo inevitable de la muerte, llorar cada día, vivir tristes, pero también podemos pensar en la otra fatalidad, la primera, la de nacer. Podemos estar contentos de existir y que existan esas personas que queremos o las que vamos a querer. Tenemos los motivos suficientes para estar felices o tristes, eso es ser libre.