Los olores tienen esa irresponsabilidad de hacernos viajar en el tiempo a través de nuestra historia cuando menos lo esperamos. Nos toma de sorpresa y nunca estamos preparados. Hoy el pasado llegó en forma de humo y un recuerdo lo asaltó haciéndolo sentirse vulnerable y triste como siempre, pues sabe que los recuerdos si son felices guardan la tristeza de hoy ser solo un pasado irrepetible y los recuerdos triste se le hacen carne en el presente y revive angustias pensaba olvidadas. Es torpe para vivir la felicidad por eso su alma se aferra fácilmente a la tristeza que, paradójicamente, hace que se sienta mejor.
Puede parecer una actitud adolescente, que tendría que madurar, salir los domingos al sol y ser feliz con el regalo de la vida, pero no le sale por más que algunas veces lo intenta. Esos son sus domingos de plaza. Cuando la tarde empieza camina hasta la plaza de su barrio a intentar disfrutar el día como dicen que se debe. Pero su mirada vuela hacia la gente y sólo puede pensar en lo efímero y trivial que luce todo. Las parejas felices, los niños jugando o los ancianos conversando, todo le parece una impostura, una realidad orquestada, sobre todo ese sol brillante que es testigo de lo mismo que él pero que parece ver todo al revés.
Entonces enciende un cigarrillo y deja que el humo desdibuje el paisaje por un momento haciendo que esa realidad tenga más sentido para él. El olor del cigarrillo le trae muchas imágenes. Las más recurrentes son nocturnas, invernales y solitarias, pero hay otras de largas charlas olvidadas con amigos que se han perdido en el pasado como su juventud.
Muchas veces se pierde en esos recuerdos y así pasa las horas. Otras veces se queda observando a las personas y sintiendo tristeza por quienes viven el presente sin ser conscientes de su finitud, sin notar que esa tarde de sol se convertirá en un recuerdo si ya no lo es, o se perderá en el frío del olvido, y que incluso el recuerdo más atesorado será bruma sobre el mar de la memoria. Pero también trata de encontrar esas miradas que conoce y que siente hermanadas con la suya. La mirada de quien sabe que está actuando un recuerdo, y así suele descubrir plásticas sonrisas que maquillan rostros melancólicos.
Siempre se queda en la plaza a esperar que se oculte el astro rey que da un tono artificial a todo. De a poco la gente se va yendo y la plaza se queda vacía. El paisaje cambia y los bancos se quedan mudos, se puede ver algún grupo de amigos compartiendo humo y cerveza, tal vez una pareja discutiendo bajo la tímida luz de algún farol, y en un banco oscuro él, con su rostro iluminado ocasionalmente por la brasa de su cigarrillo.
Le agrada el paisaje sombrío y el silencio que sólo es interrumpido cada tanto por alguna sirena o gritos ininteligibles a la distancia, entonces respira hondo y comprueba que el mundo huele como debe. Por eso en noches como esas siente que el afuera está en resonancia con su interior, y con una media sonrisa, que cree más sincera que todas las risas que inundaron la plaza más temprano, se levanta de su banco y vuelve despacio de hasta su casa.
Puede parecer una actitud adolescente, que tendría que madurar, salir los domingos al sol y ser feliz con el regalo de la vida, pero no le sale por más que algunas veces lo intenta. Esos son sus domingos de plaza. Cuando la tarde empieza camina hasta la plaza de su barrio a intentar disfrutar el día como dicen que se debe. Pero su mirada vuela hacia la gente y sólo puede pensar en lo efímero y trivial que luce todo. Las parejas felices, los niños jugando o los ancianos conversando, todo le parece una impostura, una realidad orquestada, sobre todo ese sol brillante que es testigo de lo mismo que él pero que parece ver todo al revés.
Entonces enciende un cigarrillo y deja que el humo desdibuje el paisaje por un momento haciendo que esa realidad tenga más sentido para él. El olor del cigarrillo le trae muchas imágenes. Las más recurrentes son nocturnas, invernales y solitarias, pero hay otras de largas charlas olvidadas con amigos que se han perdido en el pasado como su juventud.
Muchas veces se pierde en esos recuerdos y así pasa las horas. Otras veces se queda observando a las personas y sintiendo tristeza por quienes viven el presente sin ser conscientes de su finitud, sin notar que esa tarde de sol se convertirá en un recuerdo si ya no lo es, o se perderá en el frío del olvido, y que incluso el recuerdo más atesorado será bruma sobre el mar de la memoria. Pero también trata de encontrar esas miradas que conoce y que siente hermanadas con la suya. La mirada de quien sabe que está actuando un recuerdo, y así suele descubrir plásticas sonrisas que maquillan rostros melancólicos.
Siempre se queda en la plaza a esperar que se oculte el astro rey que da un tono artificial a todo. De a poco la gente se va yendo y la plaza se queda vacía. El paisaje cambia y los bancos se quedan mudos, se puede ver algún grupo de amigos compartiendo humo y cerveza, tal vez una pareja discutiendo bajo la tímida luz de algún farol, y en un banco oscuro él, con su rostro iluminado ocasionalmente por la brasa de su cigarrillo.
Le agrada el paisaje sombrío y el silencio que sólo es interrumpido cada tanto por alguna sirena o gritos ininteligibles a la distancia, entonces respira hondo y comprueba que el mundo huele como debe. Por eso en noches como esas siente que el afuera está en resonancia con su interior, y con una media sonrisa, que cree más sincera que todas las risas que inundaron la plaza más temprano, se levanta de su banco y vuelve despacio de hasta su casa.