Empezar a beber cuando la tarde se extingue tiene una coherencia que siempre me fascinó. Me gusta sentarme junto a una ventana y contemplar el ocaso del día y mis sentidos. Mientras el alcohol nubla el significado de las cosas siento un placer especial al comprobar que las sombras hacen lo propio con el mundo que observo. Esa simbiosis entre lo interno y lo externo se fortalece cuando la oscuridad me abraza finalmente eliminando así el paisaje de mi vida, borrando la forma de los objetos, simplificando todo a un gran telón negro que me envuelve. En ese momento, cuando las distracciones han desaparecido, las cosas más simples pueden verse con mayor nitidez. En una sintonía casi perfecta el alcohol tiende su manto sobre mi perturbada mente y me permite observar más allá de los detalles cotidianos. Por eso cuando la noche reina en mis dos mundos puedo a veces tener alguna claridad y ver aquello para lo que suelo ser ciego.
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