La imagen que nos hacemos de nosotros siempre está apoyada en la mirada del otro, eso es inevitable pues somos ser seres sociales forjados en gran parte por nuestras interacciones. Aquel que sólo escucha elogios tiende a cegarse ante sus errores y a valorar en exceso sus obras y sus ideas. Del mismo modo, quien está agobiado por las críticas se vuelve miope ante su virtudes. Por eso, la mirada del otro trabaja como un espejo que deforma nuestra imagen y nos hace percibirnos de maneras inadecuadas. Por esto, una parte fundamental para formar nuestra autoimagen debe ser moderar el impacto de estas miradas. Solemos cometer el error de ser democráticos con estas, de ponderar igualmente cada una de ellas, y ese es el génesis de muchos de nuestros sufrimientos. Por eso es necesario ser un tirano con esas miradas, darle mucho valor a algunas y ninguno otras. Elegir, arriesgándose al error pero elegir. Cuando dejamos de elegir quedamos a la deriva de la vorágine ajena y nuestra mirada ya no nos pertenece. Tiránicamente debemos juzgar los espejos que nos reflejan y aceptar las consecuencias para ser dueños de esa imagen, debemos incluso tener el valor de romper algunos espejos para encontrar verdad que se esconde dentro de la realidad.
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