A veces pienso que el único deseo real es el que nos deja impotentes y no aquel que desata un plan que habremos de llevar a cabo para satisfacerlo. Es el deseo por aquello que sabemos imposible aunque nos neguemos a aceptarlo en voz alta pues el sonido de nuestra voz es capaz de destruirlo para siempre, de transformarlo en una gris nostalgia por lo que nunca fue y nunca habrá de ser. Es tan frágil como eterno, tan eterno como deseo.
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