Creen que la realidad
se puede conocer a través de una pantalla, leer en los diarios o
escuchar en la radio. Los medios no son más que un espejo
intencionadamente distorsionado que refleja un mundo que no existe. Y
esa imagen se volvió obsesión y la adicción de estos nuevos
yonquis atrapados por esta droga de diseño. Viven inyectándose
opiniones ajenas a cambio del flash heroinómano de no tener que
pensar por si mismos. Buscan a su dealer desde el sillón de su casa,
sintonizando una emisora de radio o salen a buscarla al puesto de
revistas más cercano. Ávidos consumen hasta más no poder. Luego se
reúnen con otros que consumen de la misma, y confirman que le
vendieron de la buena, y entonces sí, el placer de la lección bien
aprendida les da el golpe de endorfinas que tanto necesitan para
vivir.
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